El Tragaluz: “el tren o el sótano”.

El Tragaluz es una de esas obras de teatro que hasta la mitad no sabes muy bien que derrotero va a seguir, y más como me adentré yo sin más datos previos que saber que era de Antonio Buero Vallejo y que uno de sus personajes era un hombre mayor con una acusada demencia que deformaba de alguna manera la realidad.

Fue estrenada en 1967 en el Teatro de Bellas Artes de Madrid, durante una compleja situación histórica (La Dictadura franquista) y muestra la vuelta al pasado de Él y Ella, dos personajes del siglo XXX que, según mi visión, pretenden demostrar la deshumanización de la sociedad y la dicotomía presente en su siglo a través de la historia “oscura” de Mario y Vicente, que representan al bando perdedor (los republicanos) y al bando ganador (“los nacionales), respectivamente.

El Tragaluz se convierte en el símbolo central de la obra y, asimismo, produce una fatiga en el lector hasta que se descubre su verdadero fin y su significado. El “Tragaluz” es la ventana al mundo que permite a las personas del sótano, es decir, al bando republicano, ser fieles a su moral y a sus principios y a tratar de no creer en la maldad humana, viendo solo a las personas, tal y como son, en toda su bondad. Aquí, en este lado del escenario, se posicionarían Mario y su padre. Frente a ellos, está Vicente, el hijo que no “pudo” o que no “quiso” bajar del tren y que se convirtió en un editor de prestigio. Él durante toda la obra tratará de limpiar su imagen para con su familia y hacerles olvidar lo qué ocurrió aquel día durante la Guerra Civil, dotando la casa-sótano de comodidades, conseguidas siguiendo los dictámenes del Régimen y de su conciencia de empresario editorial.

En este punto, la obra de teatro desprende todo su potencial, ya que vemos a un Vicente cada vez más cercano al tragaluz y a un Marío, que aún trabajando en la sombra para él, que tratará por todos los medios de destapar la verdad con la esperanza de que la enajenación de su padre termine. Sin embargo, conseguir esto será un proceso doloroso para todos y, especialmente, para la madre y Encarnita, la secretaria de Vicente que mantiene relaciones con ambos.

Con tal de no descubrir el factor desencadenador de la tragedia, ni el final y mucho menos el significado de los recortes, pasaré a mi valoración personal. En sus aproximadamente 140 páginas, hemos de ser conscientes que no comprenderemos hasta el final su transfondo, ya que este se convierte en una verdad que se revela de forma distinta para cada lector, según sus afinidades ideológicas y psicológicas para con los personajes.

Por ende, la verdad que a mi me fue revelada no dista mucho de los hechos expuestos en su extensión, ya que cada día nos preguntamos qué sería mejor, si hacer aquello que nos dicta la conciencia, aunque nos aleje de nuestros sueños y nos haga olvidar nuestros ideales para vivir en una sociedad capitalista o llevar a cabo un proceso de interiorización de nuestros ideales que nos permita realizar nuestros sueños sin prestarnos a la sociedad competitiva y despiadada en la que vivimos, colaborando con los otros, creyendo en nosotros mismos y en ellos y olvidando la maldad que nos rodea para crear un mundo mejor.

Si para algo sirve su lectura, es para extraer de nosotros una primera respuesta a las existenciales cuestiones: ¿quién soy? y ¿quién quiero ser?  Las cuales se responderán cuando te identifiques con uno de sus personajes, especialmente, con Marío o Vicente.

Recomiendo esta lectura para momentos de duda.

Anabel Úbeda.  #retolector12meses12libros

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