La carestía de compasión en “Una voz de mujer en la contienda”

La labor de Contraescritura

Marcelle Capy, fundadora del diario La Vague, escribió una radiografía de la guerra, que yendo hueso por hueso y músculo por músculo no parece un atrevimiento, pero que cuando compone al ser humano completo con todos sus órganos, pieles y dobleces, como una detallada muestra 3D de nosotros mismos en una clase de biología, pasa por ser censurada. Esto es lo que hacen las palabras escritas en una secuencia prolongada que compuesta de pequeñas piezas puede resultar temible, y más, viniendo de una mujer.

 Contraescritura recupera este ensayo de 1916 que se actualiza continuamente con cada cañón que resuena, con cada aliento que se corta, con las bocas que piden el pan y con el miedo de los exiliados, los refugiados, que exhalan para sí sus proclamas. Una voz de mujer en la contienda nos embebe dentro de una clase de sociología, nos pone en la piel de la víctima y el verdugo, nos convierte en daño colateral mientras su prosa se equilibra entre lo periodístico y lo poético, haciendo de esta suerte de ensayo un texto con valor literario y social. 

En su portada, rojos y lilas, colores para la mujer, para el progreso. La voz en grito que nos recuerda que la compasión no entiende de nacionalidad, no entiende de bandos.

La carestía de compasión en una Francia nacionalista

Dentro, se mezcla el texto en negro, el leal al discurso nacional con un rojo que indica los fragmentos censurados. Francia, se erige en el ensayo, como una gran nación con voceros que distinguen la calidad de los seres humanos por su bandera, que les resta “humanidad”, pues los boches son menos que perros con la rabia, sin ningún tipo de conciencia:

“No se deseaban ningún mal. No se conocían. La guerra les hacía perseguirse con un fusil. Sin embargo, tanto uno como otro querían vivir. El mismo instinto los mantuvo inmóviles. Los ojos fijos en los ojos. Y sin decir una palabra, se comprendieron.”

Lo que dicen, 49.

Esas “cloacas del Estado” – como diríamos ahora – dedicadas a plasmar en un periódico las “bondades” de una guerra y el sacrificio de los hombres “valientes”, que no son más que meros corderos serviles que van por obligación, un desfile de miedo:

“Había un deber humano que cumplir. Se debería haber comprendido que si el cañón habla, el corazón no debe callar y que el drama horrible debería hacer surgir en las almas una fuente de bondad. Se produjo lo contrario. Desde hace meses vemos a los hombres incapaces de portar armas emplear su tiempo y su talento en exacerbar el odio, en calumniar tontamente al adversario. Por todos los medios han intentado exaltar los instintos salvajes de la muchedumbre y han creado un nuevo mal”.

Deber humano, 76.

    Fragmentos donde se elimina el hambre de las francesas que toman el mando de la producción armamentística, que se preocupan por los franceses que quedan en el país, que miran con desprecio al alemán y sienten el hambre, la falta de ayudas y el miedo a estar solas. Sin embargo, todo se supera, se crea un sentimiento de sororidad que las lleva a ser obreras, enfermeras, sin olvidar que son las madres y mujeres de los que van a morir:

“Sí, secándose las lágrimas, fueron a ocupar los puestos vacíos por la llamada a filas es porque también tenían que comer. ¿Cómo se recibió este impulso heroico como dicen ellos; este aumento del hambre, como diríamos nosotros? Con la mayor explotación y el regateo más desvergonzado que se ha visto jamás. En ese momento, se especula sin pudor con el hambre de la francesa.”

El proletariado femenino, 68.

Letras en que los huérfanos quedan al amparo de unos servicios sociales que trabajan acelerados, que numeran a los niños, incapaces de encontrarles una familia o un lugar donde puedan desarrollarse, el Estado es incapaz de ayudar a las madres que se ven solas y pasa esto:

“Con estos medios rápidos e ingeniosos, en algunos días los chiquillos mezclados en la multitud anónima y dolorosa de los niños bajo tutela. Un número en un registro. Se realiza la farsa. Desde luego que se trata de una farsa, una farsa trágica que se llama beneficencia cuando se es educado; explotación y dolor cuando no.”

El hijo de la guerra, 164

Y así, como nos dice Capy en el prólogo, conocemos una guerra, un momento histórico a través de la voz de una mujer que osa reconocer los horrores de la guerra y la sociedad, que en sus artículos puso de relieve la falta de compasión y empatía, así como la necesidad de plantearse cuál es el verdadero fin de una guerra y cuáles sus consecuencias para un pueblo. ¿Es necesario todo este dolor? Por lo que concluyo, que este es un ensayo necesario para recuperar el sentimiento de compasión, para volver al pasado y dejar de creer que somos dioses, nadie tiene la verdad absoluta, Contraescritura recupera para nosotros este ensayo de humanidad que debemos leer poniendo el corazón, pues en palabras de Hannah Arendt:

En la medida en que realmente pueda llegarse a “superar” el pasado, esa superación consistiría en narrar lo que sucedió.

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