“Libar en la raíz poética”, una lectura de Carmen Jodra Davó

¿Quién es Carmen Jodra Davó?

Carmen Jodra Davó, madrileña, nació en 1980, y vio truncada su vida y su palabra precisa cuando volvía echar andar, allá por 2019. Estudió Filología Clásica y fue bibliotecaria. Hoy, su primera obra ‘Las moras agraces’ ha sido reeditada por La Bella Varsovia, editorial que ha acogido sus textos. Con esta obra ganó el XIII Premio Hiperión de 1999, al que siguió un accésit en 2004 en el XIX Premio “Joaquín Benito Lucas” con su segunda obra ‘Rincones sucios’. Su manejo de la métrica clásica y la sonoridad queda más que patente en su obra principal que, en esta edición, se ve completada por las décimas de ‘Hecatombe’, donde se descarga un nuevo sentido de libertad.

El canto de Las moras agraces

Carmen Jodra Davó no pretendió ser el aedo de su generación, aunque probablemente fue la que más se acercó a ello con su ópera prima. Este viaje comienza con nosotros caminando por la misteriosa ruta de la vida y de la literatura. Al final de ella, crece salvaje la morera, cuyos frutos violetas o granates, nos muestran el peso de la vida y de la muerte. Por ello, podemos decir, que este poemario se divide en tres extensas ramas. En ‘Apuntes de la biblioteca’, nadamos por una inmensa sala circundada de héroes, malditos, dioses, ninfas y poetas, griegos y áureos. Todo se abre en ‘Apuntes homéricos’, una de las escenas más famosas de la literatura, la muerte de Patroclo, un golpe de efecto, en el que se mezcla lo dialógico con el desgarrado dolor del héroe y vemos cómo se clavan las palabras dentro del cuerpo de un Ulises de “pelo rizado cubierto de polvo”. Le sigue en contraste ‘Amor y Psique’, donde la poeta juega con la canción popular La virgen se está peinando para referirse a Afrodita, malvada y envidiosa de la belleza de Psique, ella busca una venganza que se tuerce, pues Eros (Amor) se convertirá contrapartida de Psique, lo que conlleva un juego irónico sobre la identidad misma de la persona, el género y la libertad de elección. Entre otros muchos textos de igual importancia, se juega con la belleza de la juventud y de la naturaleza, llegando al espinoso ‘Divertimento erótico’, donde el soneto de lenguaje actualizado, trasciende el mito de Leda y el cisne, haciéndonos que nos cuestionemos donde está el límite entre la violación y la “posesión” en la mitología griega, en esa falsa belleza de lo carnal. Y mientras nuestros dedos rozan los libros, nos cruzamos con ‘Rimbaud’, borracho y maldito, al que la voz le recrimina no haber tomado las riendas de su vida, para llegar a cuestionarse más tarde por qué hacer literatura y por qué la misma es veneno y cura.

- La tierra está mojada y huele la tierra
bajo su peso. Han roto los cristales
en su sangre, violando los umbrales
del templo y saqueado cuanto encierra.
Apuntes homéricos, pág. 13.

Que se quemó el Amor los dedos
sobre su propia antorcha
por esa tan hermosa que ha irritado
a Afrodita la hermosa. [...]
Amor y Psique, pág. 15.

[...] Y la lujuria tiene como seña
violar mujeres y violar derecho
y ley y normal, y un hermoso pecho
sabe el pecado y el pecado enseña...
Divertimento erótico, pág. 21.

Nos sumergimos en la ‘Época negra’, donde planea la sombra del pecado en ‘Vos, tirano’ y en el ‘Ciclo satánico’ de sonetos, endecasílabos y heptasílabos, en los que sus moras junto con las otras que pueblan la rama, nos hacen ingresar en un profundo pesimismo que se identifica al bostezo y al hastío de la vida ya cansada tan pronto. El eros se rompe en un canto a la muerte, a su casi invocación, como solución a un mundo incoherente, donde no existe el orden y por ello, encontramos invocaciones a un Dios con una reconversión del ‘Líbranos del mal’, o en los que se duda que la bondad sea el camino para el reconocimiento familiar como en ‘El otro hijo’, o versos como los siguientes:

La soledad, no el ocio como dicen,
        es la madre del vicio.
Yo, para descender el precipicio,
aguardé hasta que nadie me mirará.
El ciclo satánico, II, pág. 33.

Líbranos del dolor que nos reduce
a tristes bestias de ojos humillados
que solo buscan un rincón caliente.
Oremos, pág. 39. 

Me sometí al servicio de tu gloria
porque vieras qué grande era mi amor.
El otro hijo, pág. 43. 

En ‘La vida real y otros poemas’, sigue el fantasma de la muerte y el hastío, con poemas cargados de ironía y cotidianidad, en los que un profesor tose para seguir su lección o donde una residencia de mayores, se convierte en el peor ataúd posible para un alma joven. Rama en la que también caben los recuerdos de un viaje en coche o para la liberación sexual, para la confesión más íntima, en la que el recuerdo de la amada fallecida planea sin cesar. Finalizamos con su Hecatombe, una serie de 10 décimas hasta ahora inéditas, en las que se trata un enamoramiento puro de juventud, en las que aparece Safo coronada y el alma dulce del yo-poético antes de ser desgarrado por la pasión de lo imposible y el miedo. En Las moras agraces hallamos un prado verde ante la laguna Estigia, que no nos aleja del mundo desordenado ni desolado, sino que nos acerca a la profunda soledad que a veces trae consigo la adolescencia, en la que el mito nos sorprende y atrapa y cada lectura es un mundo por descubrir y explotar, sin olvidarnos que el primer amor, es la herida que más duele, mientras nos descubrimos a nosotros mismos y buscamos escapar de la realidad. Es un poemario de vocación clásica, que respeta las formas métricas y que transforma la tradición a cada paso, sin dejarnos exento de una dosis de léxico complejo y barroquizante, en la que identificamos el rastro de Góngora o Quevedo, con la sonoridad y sensibilidad propia de una poesía a la vez apasionada y reposada.

Si en mitad del silencio de la clase
su estornudo sonó -¡crueles instantes!-
igual que en un cataclismo de los cielos...
Momento crítico, pág. 60.

Quiero ser rentista yo también,
y vivir lejos del doble pupitre,
del irritante griego y su optativo
y el aoristo inefable. [...]
Vivir, morir tal vez, pero a mis anchas. 
Pág. 58.

Doble cuerpo, reflejado
uno en otro, doble espejo,
un cristal, doble reflejo,
o un reflejo únicamente;
alma dulce, piel caliente,
tentación de los poetas,
en las cámaras secretas 
de las que el mundo se espanta;
plegaria a Safo la santa, 
coronada de violetas.
HECATOMBE, pág. 81.

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