“Somos nuestro propio vigía”, una lectura de Pilar Blanco

- Son mis labios los que callan, los que tamizan la
cicatriz de la arena en mensajes imposibles.
Son mis ojos los que niegan el cristal.
Y las palabras - su mentira invisible- las únicas que
enturbian el tintineo de la inocencia. [...]
(IV, El espejo del agua)

¿Quién es Pilar Blanco Díaz?

La otredad es nuestra contrapartida, ayuda a nuestros pasos, nos protege.  Pilar Blanco Díaz nos trae un artefacto donde el reflejo toma la voz para que nos reconozcamos.

Pilar Blanco Díaz, originaria de León, se afincó en Alicante donde hasta hace no mucho ejercía la docencia. Vigía de tu paso (2018), fue su último poemario editado en Chamán Ediciones, pero ya se escuchan voces que apuntan a una nueva obra. Posee ya una extensa obra publicada que se combina con su participación en distintas antologías y premios de índole nacional como el Francisco de Quevedo (1995); su accésit en el IX Premio Jaime Gil de Biedma (1999) o el Premio Internacional Miguel Hernández- Comunidad Valenciana (2003).

El río-reflejo que nos atraviesa

Somos un cauce que atraviesa, que se estanca, que salta por encima de las piedras y toda esa agua que nos compone se reproduce en el brillo de nuestros ojos y en el reflejo especular que nos pregunta y nos observa desde fuera, cuestionándonos. Pilar Blanco Díaz en ‘Vigía de tu paso’, nos advierte desde el Prefacio que el poeta puede resultar insuficiente a la hora de apresar la realidad en palabras y nos conecta con ‘El espejo del agua’, tercera división de este cuestionamiento total a la existencia, la interrogación como escudo protector a nuestra mismidad.

Arañar con nuestra fragilidad la superficie del basalto. Asediar las palabras y perder; perderse una y otra vez. No darse por vencido. Interrogar el alto abismo.

Todo abre en ‘Alfa’, donde la voz se dirige a un ser superior, pero que en realidad nos acerca a la sensación de sentirnos ajenos, ese momento en que no somos dueños de nuestra vida y parece que la observamos desde arriba. Continuando con esta idea, ‘El que observa’, es la primera división del poemario, marcado por la presencia de elementos naturales como el agua en sus distintas formas, el sol, que se unen a las alusiones al sonido, al lenguaje y al canto. En definitiva, está dedicada a la vida, a buscar la esencia. El pájaro, reaparece en III, reconoce en los caminantes a seres que buscan la esperanza: “ávidos de luz;/ seres desarbolados, vela herida/ que aún no se sabe huérfana”. En V, dedicado a Ramón Bascuñana, aparecen dos voces, la del yo-poético frente al que es observado, capta el código de su interior que suena confuso y agitado: “huye, el galopar se acerca/pero no alcanza, y has perdido/ los zapatos de huida que te calzó la noche”. O, en XVI, donde el sueño es la vía de escape al peso de la vida y las violetas marchitas de lo perdido, de lo no conseguido:

¿Para qué, si no es para olvidaros
                del peso de la nada, de su asfixia bloqueando
                [pulmones
                Inventasteis el sueño y la osadía…[…]

Nos encontramos con ‘La criatura’, donde la lengua cobra vida y la expresa, estos poemas muestran el desasosiego, la herida y son un quejido que viaja a lo oscuro para reflejarnos de otro modo. Encontramos poemas como VI y VII, en los que el yo-poético pierde la capacidad de autorreconocimiento y se quiebra la huida: “Lo que quisiera/ saber, pero no sé, es lo que se esconde/ debajo de mi rostro…”; “Aún hay miel en mis labios, /no la llevó el errante que ya he sido…”.  En X, la soledad se hace lengua, voz, quejido y canto metálico, nadie advierte nuestra suplica profunda que es comparable al inaudible canto de la hormiga: “Sin reparar en ello/ me he ido haciendo savia que circula por dentro…”. En XIX, asistimos al cruce entre los dos yoes en donde la muerte se llevará el cuerpo y el reflejo, la sombra, mientras los pájaros que observan se retiran: “Ese día mis ojos no seguirán la danza de la luz. / Y de mi sombra nueva / vendrá la tuya”. Cierra el ciclo esa criatura que no tiene voz y nos habita dentro, pero nos mira desde fuera:

[…] Y, sin embargo,
no te reflejo. No grito con tu voz.
No soy
tu criatura.
(XXV)

Nos hallamos ante ‘El espejo del agua’, donde se establece un diálogo entre la criatura y reflejo y la voz de la poeta, al alternarse una voz que se dirige en segunda persona y otra en primera. Así, se abre un proceso de expiación y autoanálisis que recoge el proceso de autorreconocimiento y construcción, que puede acercarnos a un cierto ascetismo, en la búsqueda de la esencia personal. No hay culpa sino la tierna duda humana que nos lleva al error o al acierto, a repensar la existencia y el miedo a lo desconocido, pues es nuestra otredad la que a veces nos trae las respuestas. Todo cierra en ‘Omega’, con el pájaro que quemó sus alas y resurgió para como la criatura vigilar el latido ya libre.

[…]
-          Salir, pero ¿de dónde a dónde?
Me aguardas en la trinchera. Me retas como el cadáver
        [que se ofrece en la cruz de su muerte.
-          Yo rehúso tu herida y agrando esta distancia;
al fin y al cabo
me alimento de ti.

(VII, Espejo del agua)

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