‘Cuando la justicia social es utópica’, una lectura de Flora Tristán

“En las tribunas de los Parlamentos, en el púlpito de las iglesias, en las asambleas del mundo, en los teatros y, sobre todo, en los tribunales, se ha hablado mucho de los obreros; pero nadie ha intentado hablarles a los obreros. […] Sí, iré a su encuentro: en sus talleres, en sus buhardillas e incluso en sus cabarés si es menester, y ahí, cara a cara con su miseria, haré que se conmuevan al pensar en su propia suerte, los obligaré, a su pesar, a salir de esa espantosa miseria que los degrada y los mata”.

Página 27.

“He soñado con una tierra donde todas las clases tengan su espacio para vivir, no para sobrevivir”, quizá este fuera el planteamiento de la precoz Flora Tristán (1803-1844), marxista antes del marxismo, tachada de anarquista, utópica y nombrada por sus examinadores como “Madame La Colère”, o en castellano de andar por casa, “Señora iracunda”, o más propio de la época, “La histérica”. Sin embargo, Flora Tristán no fue nunca una mujer impulsiva, ni colérica, pues como muestran sus obras, que nada entre la novela y el ensayo, dedicó su vida a analizar el comportamiento de la sociedad y se infiltró en los estratos más altos, siendo pionera en reconocer a la naciente clase obrera  -producto de la Primera Revolución Industrial (1760-1840)- y comprendiendo sus necesidades tanto materiales como espirituales.

Todo ello, queda recogido en ‘Unión obrera’ (1843- Contraescritura, 2019), una sistematización que parte del principio de justicia social en una Francia cuya constitución era papel mojado para las clases más bajas, los obreros y los campesinos, pues conforme desaparecía la servidumbre aparecía la propiedad a la que ellos no tenían acceso, como apunta Flora Tristán, “su única propiedad son sus brazos”. Partiendo de este hecho, la autora nos propone un modelo de sindicalismo que nada tiene que ver con  incendiar las calles, sino con la creación de una serie de palacios que alberguen a los más desfavorecidos de la clase obrera, los niños y los ancianos, dándoles la oportunidad de educarse indistintamente de su género, pues las mujeres juegan un papel fundamental en la humanización de las futuras generaciones; y, por otro lado, el derecho a un descanso digno en la senectud para los obreros que han dejado su salud en pos de sus patrones.

Los aciertos de esta unión obrera son: apuntalar un sistema de ayuda directa a los más necesitados, defender la igualdad de las mujeres como sujetos sociales y la necesidad de crear una educación para el pensamiento que llegue a los hijos e hijas de los obreros para que consigan su independencia y se desarrollen críticamente.  Sin embargo, Flora Tristán no olvida la responsabilidad social de las otras clases para con aquellos que sostienen con su trabajo el sistema y apela a ellos y a sus principios cristianos para construir esos palacios, que serían un símbolo del progreso en su época, una vez que las revoluciones parecen haber fracasado.

Su voz, ahogada por la misoginia –incluso por parte de sus sucesores y familiares- dejó un poso en las sistematizaciones posteriores que han llegado a todos y que olvidaron el papel de la mujer, pero el sentimiento que se desprende de sus palabras es la necesidad de redistribuir los recursos para garantizar los derechos constitucionales y crear una asociación con vocación internacional que los acogiese y garantizará lo básico para vivir lejos de los vicios y la delincuencia, dos problemas que se derivan de la insuficiente retribución y la no garantía del derecho al trabajo, así como de la brutalidad que se derivaba de la falta de formación desde el hogar.

Asimismo, podemos comprobar como las palabras de Flora Tristán muestran cierta desafección por la Iglesia, por su trato deshumanizador hacia las clases bajas y la pérdida de su vocación de servicio, aunque se muestra firmemente creyente en los principios propugnados por el cristianismo en los que se basa toda fraternidad: el amor al prójimo, la solidaridad y la igualdad de derecho, sea cual sea el estamento. Ella buscó un registro accesible para el pueblo, predicó con su palabra hasta su temprana muerte, luchó contra las críticas y aguantó el cuestionamiento de los propios obreros, no cejó en su empeño de un mundo más justo.  Han pasado más de 150 años y la “justicia social” aún parece una utopía, porque el sistema ahoga cada grito individual, la fraternidad es el único camino para conseguir el cambio y que dejemos de hablar de “territorios a conquistar”.

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