‘Todas las soledades rotas’, una lectura de Jon Bilbao

‘El silencio y los crujidos’ (Impedimenta, 2017) es la transcripción del sentimiento de desarraigo social, de la búsqueda incesante del silencio y la soledad por aquellos que, en las alturas, creen haber encontrado la paz y las respuestas o, quizá, una forma de enaltecer su ego al negarse el contacto humano. El asturiano Jon Bilbao (1972) nos regala una prosa fluida y rítmica que nos traslada a situaciones duras, atemporales y podría decirse que distópicas, a la vez que realza la importancia de los olores y nos introduce en escenarios impensables y complicados, pero que nos atrapan en cada línea. Esta es la historia de Juan, o más bien, de tres Juanes y tres Unas que a modo de reencarnación van traspasando las épocas y mutando en sus ideales para adaptarse a un tiempo y encontrar el modo de mantener su soledad, sobre todos y pese a todos.

En ‘Columna’, nos retrotraemos a la Alta Edad Media para descubrir al Juan estilita, un joven de Constantinopla obcecado en encontrar a Dios bajo el yugo del ayuno y la oración, detesta a su madre y nos hace ver un mundo en plena decadencia. Antes de su traslado, su ansia por hallar la santidad y la más absoluta tranquilidad reñirán con una actitud aún caprichosa y aniñada que le llevará a erigir una columna aún más alta y a perturbar a un longevo anacoreta que tratará de no entrar en su juego. Este Juan guardará en sí, para sus versiones posteriores, dos cualidades poco recomendables al alejarse del ruido: la soberbia y el deseo sexual. Pues, muy a pesar de su devoción, Una será eje fundamental como apoyo logístico y como su flaqueza, una joven perfilada desde el misterio que nos produce curiosidad.

       “Juan recurría a la oración como si se tratara de una estancia de muros sólidos donde hallar refugio. Al fin de alcanzar la serenidad necesaria para concentrarse en los santos misterios, imaginaba que levitaba.” (27)

En ‘Tepuy’ (años 60-70), estamos ante un Juan biólogo, profundamente preocupado por realizar nuevos descubrimientos y que sube a las alturas no solo para encontrar el silencio, sino una vez más para apagar el ruido de su ego, su ansia de conocimiento científico y mostrar al mundo cada una de las especies anotadas en el Cerro Autana (Venezuela). Esta vez, sus relaciones sociales se limitan a una joven esposa a la que arrastra en pequeñas expediciones hasta su partida a las alturas y con la que mantiene una comunicación cuestionable. Su subida a la Atalaya, traerá su propia desgracia y aprenderá a sobrevivir bajo la sombra alargada de la víbora Una, uno de sus mayores alicientes. Jon Bilbao nos dibuja a un biólogo que aprende a superar sus propios miedos por la vida e incluso anhelar un poco del ruido de lo cotidiano.

                “Tumbado en el helicóptero, gemía y se golpeaba el pecho, prometiendo desagraviarlos a todos y cada uno si conseguía salir de allí. Los sentimientos movedizos se concretaban y arraigaban, purificados de elementos contaminantes”. (107)

                 En ‘Torre’, nos traslada a un futurible que acaece en 2021, en el cual los ojos del narrador no se confunden con los de Juan, con sus pensamientos y sus pasos, sino que tomará los de su secretaria Nora. Ella, terca en sus investigaciones y nerviosa por su situación personal y económica, aceptará – pese a sus ideales- ser quién proteja a Juan Larrazábal, un hombre críptico que hace poco vendió la aplicación que le ha hecho millonario y que ha cambiado las leyes de la privacidad y la sexualidad. En esta ocasión, Una es la criada de Juan, la que vela por su salud física y quien evitará que Nora y él se miren a los ojos. Todas las informaciones periodísticas, la brutalidad de los hechos que se suceden en la historia y el conflicto entre moral, placer y privacidad, no harán otra cosa que esbozarnos a un Juan asocial, egoísta y ambicioso, que no choca con los anteriores, pero que puede producirnos mayor repulsión, a pesar de no parecer el protagonista.

 “Su vida social disminuyó. Cuando se fue a Inglaterra rompió el contacto con casi todas sus amistades. La mayoría de sus amigos actuales eran en realidad amigos de Miquel La opinión de su pareja sobre Juan Larrázabal resumía el parecer de los menorquines: le repugnaba, pero, sin reconocerlo, disfrutaba del inagotable objeto de conversación y crítica que representaba.” (184)

                Jon Bilbao en ‘El silencio y los crujidos’ a través de Juan consigue enfrentarnos a la necesidad de vivir en sociedad del ser humano, dado que las limitadas habilidades sociales de sus protagonistas hacen que esa búsqueda deliberada de la soledad produzca “sin querer” daños colaterales, mientras que los crujidos van más allá del ruido de fuera, se encuentran tan adentro de ellos mismos que pueden resultar ensordecedores para el lector que transita por estas tres vidas.

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