“Las flechas del cazador impasible”, una lectura de Teresa Vicente

¿Quién es Teresa Vicente?

    Teresa Vicente (Murcia, 1957), una imprescindible de la literatura murciana actual, nos brinda sus visiones del recuerdo, la historia y el amor en ‘Orión pasa de largo’ (Colección Sudeste, 2020), cuyas palabras previas están firmadas por Eloy Sánchez Rosillo. Es autora de otras obras líricas como ‘Enraizó en el agua’ (Azarbe), ‘Dispárame vida’ y ‘Estigma’ (Renacimiento); y de colecciones de cuentos como ‘Amores malsanos’ o ‘La casa de las palomas’, ambos publicados en La Fea Burguesía.

“Su presa de esta noche son mis ojos”

Las constelaciones permanecen impasibles en el firmamento, pero en los lugares despejados captan nuestra atención, nos hacen darles significado. En ‘Orión pasa de largo’ recibimos las flechas del Cazador, desde la perspectiva de una voz poética preocupada, sin duda, por la vida que le circunda, en tres sentidos: familiar, social y natural. En los versos de Teresa Vicente, no hallaremos un remanso donde descansar, ni las últimas horas de una poeta que observa y apunta, sino un estruendo de pasión por el prójimo, por la justicia.

Uno de los motivos recurrentes es el paso del tiempo, con elementos autobiográficos, se materializan en tres vías, una es la despedida con los versos de ‘ o ‘En la puerta del hospital’: “Éramos tres cuerpos agotados que queríamos negarnos lo evidente…”. La segunda son los objetos que van cambiando haciéndose símbolo de las etapas de la vida como en ‘Mis sillas’, dejando espacio para la vejez, el erotismo y la adolescencia: “Sobre una de ellas, yo, desnuda, te esperaba sentada en nuestra alcoba para provocarte”. Y la tercera es la enfermedad de los otros, mostrando en la elegía, ese inmenso amor que va más allá de lo físico, como en ‘Crónica de la muerte de Joan Baigent’: “Bailamos para ti como derviches, dando vueltas y vueltas hasta una extenuación liberadora”. Sin duda, la muerte se adentra entre sus páginas cuando descubrimos alusiones a la cultura de la muerte de la tradición anglosajona, el funeral en casa o la figura de la Dama Blanca de la tradición escocesa, en poemas sentidos como ‘Peter, mi suegro estaba de mi parte’, donde el amor se siente en cada esquina; o en ‘Toda el agua de Escocia es negra y se desliza hacia el Mar del Norte’, donde la angustia recorre el cuerpo de quien se lanza al mar en busca de su final.

Un segundo grupo de poemas está conformado por el dibujo de los seres desposeídos -como apunta Rosillo-, la mirada a la historia reciente y el sufrimiento de las mujeres, perfilando ese dolor que se infligen los propios seres humanos entre sí, bajo un cielo que cada día amanece menos azul. Así, nos encontramos ‘¿Qué suerte…?’, en que una mujer afortunada apela a todas aquellas que no pueden vivir la misma libertad, pero sí se siente juzgada; en ‘Seres de la calle’ quedan recogidos aquellos que no poseen un hogar, juzgados por una sociedad que los abandona por no vivir una vida “normal”; y respecto a esos episodios recientes, podemos aprender sobre la huella de un atentado que silenció el mundo en ‘World Trade Center’, sobre la que dejó en la educación estadounidense aquellos que carecen de empatía, que se sienten fuera de la sociedad en ‘Joven héroe con rifle’, y por último, a ese episodio extraído de la dictadura de Camboya que nos rompe por su crudeza en ‘Tuol Sleng S-21’.

Entre todo el dolor y el grito de socorro social, Teresa Vicente nos muestra escenas del amor, de la aceptación del otro y de las manos que cuidan a sus mayores. Nos lleva en este grupo a la identificación en el acercamiento de dos manos en ‘Una S sobre una XL’; la exaltación la amistad en ‘La que le baila al sol’, dedicado a Marisa López Soria y en ‘Dependiente’, se muestra ese amor que muta y se muestra cuando quien nos cuidó camina hacia el final y nos convertimos irremediablemente en su bastón. Pero, sin duda, la autora nos insta a cuidar de la naturaleza, del mundo que nos rodea, en distintos alegatos ecológicos, como el que cierra este poemario:

Sólo los humanos no han

sabido leer los signos

y siguen con sus vidas,

inocentes y ciegos.

Página 83.

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