Por el “Cielo nocturno con heridas de fuego” de Ocean Vuong

“Amar a otro
hombre es no dejar
a nadie atrás
que me perdone.
No quiero dejar
a nadie atrás.
Quiero poseer
y ser poseído. “

– Ocean Vuong, ‘En la brecha’.

Suena a metralla lejana, ¿quién es Ocean Vuong?

Ocean Vuong es un joven poeta vietnanita que nació en 1988, en Saigón, pero que pronto emigraría junto a su familia en calidad de refugiado a Estados Unidos. Desde 2014, ha recibido importantes premios poéticos de este país y escribe casi por entero su poesía en inglés. Además, cultiva el ensayo. Aprendió a leer a los once años y se crió entre mujeres, pues su padre pasó largo tiempo en la cárcel. El tema del abandono parental aparece de forma continuada en Cielo nocturno con heridas de fuego, entronca con su propia homosexualidad y la presencia de la violencia, se tiñe de rosa en los poemas donde su madre se convierte en figura principal. Vuong es ese poeta capaz de llenarnos el alma de metralla y, a continuación, espetar dos versos que aislados pueden poseer el sentimiento más hermoso.

Coordenadas de desgarro: la sexualidad y la violencia

Un día estás mirando por la ventana, y el cielo está lleno de heridas, heridas que son de fuego y muerte, que son de extrañeza y alejamiento, que son de exilio. Todo está teñido de desgarro en estos versos, incluso la sexualidad y el amor, dos esferas donde las prisas y la pasión se unen al sonido de los misiles, de las bombas que caen dentro y fuera del alma. No es fácil reseñar a alguien que ha vivido cosas tan diferentes, pero tampoco es fácil leerlo, sin que se te encoja el corazón y desees abrazar esa pluma que derrama tinta roja.

Pinceladas que abren las suturas del cielo desde el primer poema Umbral, donde la voz poética observa a un hombre que canta en la ducha y donde hasta un nombre puede pedir clemencia, concluyendo en una realidad: No sabía que el precio/ de entrar en una canción era perder/ el camino de regreso. Y así, con esa primera voz de fondo, avanzamos hacia la segunda partición del poemario. En Alborada con ciudad en llamas, nos introducimos en una locución de radio, mientras el mundo tararea el estribillo de Blanca navidad y las calles se tiñen de la violencia de escenas que muestran los estragos de la guerra: Un camión militar acelera en la intersección, niños gritan adentro. /La nieve crepita en la ventana. Nieve triturada por disparos. Cielo rojo./ Ella dice algo que ninguno de los dos escucha. El hotel tiembla bajo sus cuerpos./ Abajo, en la plaza: una monja, en llamas, corre en silencio hacia su dios. Y en ellos, atisbamos la propia descreencia sobre la paz, el adivinar al ser humano solitario ante algo que sólo pueden parar los poderosos.

Pasan muchos poemas, hasta que aparece De cabeza, en el que aparece la imagen de la madre abnegada que perdona, que da consejos y ese infinito agradecimiento que siente Ocean hacia ella, se convierte también en parte de nosotros: ¿Acaso no lo sabes? El amor de una madre / ignora el orgullo/ como el fuego/ ignora los gritos/ de lo que incendia. Hijo mío, incluso mañana/ tendrás el día de hoy./ Hay hombres que tocarían pechos/ como tocarían/ cráneos. Quizá, tras casi 20 poemas, ya estemos rotos y los pequeños sorbos nos lleven a plantearnos cerrar el libro, pero las imágenes se suceden de forma poderosa y llegamos a Of Thee I sing, donde se referencia el orgullo estadounidense y el momento de la muerte de John F. Kennedy, desde la perspectiva de una desesperada Jackie Kennedy que nos dice: Pretendo no ver al hombre/ y a su hija rubia echarse/ pecho a tierra, pretendo que no estás diciendo mi nombre y que no resuena/ como un matadero.

Seguimos escuchando ese fondo, mientras la sexualidad nos posee en En la tierra, somos brevemente hermosos, donde Ocean despliega todo un arsenal de imágenes que nos hace amarnos hasta dejar solo el polvo: “el hambre es dar al cuerpo lo que sabe imposible de retener”, “un amanecer inquebrantable se levanta en tu garganta. Y yo me retuerzo debajo de ti como un gorrión aturdido por la caída”, “Esto significa que no tendré miedo si ya estamos aquí. De pronto somos más de lo que la piel puede sostener” o “la mañana encuentra nuestra ropa en el porche de tu madre, arrojada como los lirios hace una semana”. Y ya en la página 111, acercándonos al final, aparece la figura del padre y del hijo del futuro, donde Emily Dickinson aparece como cita (“Las estrellas no son hereditarias”). En él, Ocean habla en estilo directo, como en una epístola, para perdonarse y pedir perdón por los errores futuros, con sentencias como: “De los hombres aprendí a elogiar el ancho de las paredes. De las mujeres, a elogiar. Si te dan mi cuerpo, declínalo. Si te dan cualquier cosa, procura irte” o “debes saber que nunca escogí hacia dónde iban las estaciones. Que siempre fue octubre en mi garganta y tú: cada hoja que negaba a oxidarse.”

Pero el viaje no se acaba aquí y es tan difícil vislumbrar ese cielo de fogonazos sin quedar ciega, sin enmudecer, sin oír las lágrimas que inundan las venas, sólo puedo cerrar con los versos que rompen en la Odiseo regresa (pág. 163): “Sólo sentir esto plenamente, esto entero, del modo en que la nieve toca la piel desnuda, y, de pronto, deja de ser nieve”.

Datos de edición

Esta edición bilingüe de Cielo nocturno con heridas de fuego ha sido editada por Vaso Roto, y traducida por Elisa Días Castelo en el año 2018. Y como se apunta en la web, Ocean Vuong es la voz de ese chico que con ahora 29 años, se enraíza entre la tradición literaria grecolatina y su propio padecimiento como exiliado, mostrando el orgullo por su sexualidad y mostrándonos la belleza y la violencia de lo carnal.

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