Equilibrios en “Los márgenes del tiempo” de Rosario Guarino

[…] es necesario
contar con esa luz clarividente
que nace en tu interior
y que permite
distinguirla en las sombras
y en lo oscuro.

La plegaria, página 93.

¿Quién es Rosario Guarino?

Rosario Guarino Ortega (Barcelona, 1968) es una activista cultural y Doctora en Filóloga Clásica, nacida en Barcelona que, actualmente, es Profesora Titular en la Universidad de Murcia. Los márgenes del tiempo (2019) es su tercer poemario, editado por MurciaLibro y prologado por el también profesor Vicente Cervera. Su obra anterior Florida verba (Ediciones Dokusou), fue reconocida con el galardón Libro Murciano del año 2017, lo que le da un espaldarazo a su ya dilatada trayectoria dentro del mundo literario y cultural de la Región. Además, a esto se une su faceta ensayística, su labor como traductora y las numerosas colaboraciones en diferentes revistas literarias.

Los tiempos y las esperas

El tiempo es un configurador de la esencia humana, así nos lo demuestra Charo en su poemario, al tratar desde el ritmo y el verso uno de los temas más esenciales de la poesía. Cuando nos convertimos en segundo, también somos frecuentemente transeúntes en nuestra propia vida y cuesta encontrar el equilibrio, pues los buenos momentos parecen fugaces y los malos morosos, instalándose en nuestro interior. La esencia del tiempo es lo cíclico y también la recuperación que nos hace volver a empezar cien veces. Con este concepto comienzan a caer los granos de arena, pues Ciclo y Volver a empezar son la expresión de que cada amanecer trae consigo de manera desordenada esperanzas y desengaños: cuán breve el instante/ si es de dicha/ qué eterno cuando duele. La esperanza es, sin duda, uno de los conceptos más presentes pues Pandora toma el poder en muchos poemas de manera directa o indirecta, para recordarnos que su cofre está el reducto que nos mantiene pegados al hilo de la vida.

Entre esos desengaños, cabe el desamor y la despedida, muy presente durante el ciclo de la vida, en poemas como Desengaño y Aprosdóqueton, donde lo que se nos enseña en cada golpe del amor nos hace más sabios y conscientes de nosotros mismos: y me enseñaste cómo/ se equivocan sin duda/ quienes piensan/ que se miran al sol los girasoles, /pues lo cierto es que huyen…

Así, anclada a la tierra, donde el amarillo de los girasoles destiñe sobre la tierra, encontramos a la voz poética en su cotidianidad, en sus recuerdos de la infancia, en sus añoranzas, demostrándonos que el tiempo puede ser nuestro peor enemigo y, en ocasiones, también el aliado. En Paseo de domingo, vamos al camposanto y el silencio se encarga de guardar todas las memorias, mecerlas en el suave viento que se cuela entre los sepulcros, allí se hallan los relojes parados; o nos movemos en el calendario al 21 de abril, donde el aniversario es el recuerdo de la abuela ausente, el cruce de las generaciones; o en Agosto, uno de esos meses de verano presentes en el poemario, donde el mar se nos cuela entre los dedos de los pies y nos remite a discusiones filosóficas y hasta el castillo de arena de la infancia.

En sus márgenes, caben muchos temas, referencias al mundo grecolatino y al estudio del discurso en diferentes (Boustrofedón, Anfibolia o Aprosdóqueton), o expresiones latinas e incluso citas en la lengua de los romanos que evidencian su más que dilatada formación. Pero, los que se nos clavan en el pecho, desgarrando nuestra concepción de la vida, son los de aquellos poemas como Elegía a Gonzalo, donde la pérdida del hijo nos hace contemplarnos en el dolor de la madre que ve un fin en un reciente principio, y que sigue en los versos de Réquiem, donde el terrible canto sigue toda la vida, donde esta se ha vuelto una simulación de la felicidad pues aún imagina su regreso:

Ya nada pude hacer.
Tan sólo una palabra
llegó a mis labios: ‘Calla’,
buscando inútilmente
la manera de negar la tragedia
como si el no nombrarla
deshacerla pudiera.

Elegía a Gonzalo, página 41.

O en aquellos, como El secreto, donde tocando temas como el abuso sexual, encontramos a la voz femenina no encuentra ya el olvido y tampoco la paz en mucho tiempo. Por todo ello, es Rosario Guarino, la poeta que cruza el río poniendo un pie en cada piedra, empujando su juventud y revalorizando la mirada madura, es también ella una poeta del amor a la naturaleza, a la vida y a la familia, pues toma nuestras manos para volver a girar nuestro reloj de arena y mantener cerrada la caja de Pandora. Es otra voz femenina esencial en la que descubrirse para seguir transitando, para mantener la tan fugaz esperanza.

Me atrinchero en la zanja
permanente que habito
y construyo un refugio
de un nido de palabras
dichas e imaginadas.

Parole, p. 81.

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